La cabeza de Pedro Sánchez. ¿Hacia un gobierno PSOE-Ciudadanos?

A falta de un mes para los comicios del 28 de abril, las posibles alianzas del bloque progresista y el bloque conservador se dan como algo asumido. Sin embargo, existen distintos factores para pensar que dichos hipotéticos acuerdos para formar gobierno entre PSOE y Podemos por un lado; y Partido Popular, Ciudadanos y Vox por otro no son tan evidentes.

Pese a que la formación naranja haya protagonizado escenas planteando un claro rechazo a los socialistas, como Ignacio Aguado el pasado viernes anunciando en rueda de prensa de forma tajante que no pactaría con el candidato Ángel Gabilondo, o la retórica que hemos escuchado estos últimos meses por parte de Ciudadanos de dura crítica hacia el “sanchismo”, da motivos para pensar que su distanciamiento de la izquierda no es del todo acertado. El principal radica en el auge de Vox como fuerza reguladora de las dinámicas de la derecha.

Aun en su concordancia con la cuestión territorial y en rasgos generales con los temas económicos, existe una razón de peso que debería hacer retroceder a Ciudadanos de cualquier acercamiento a la formación ultraderechista: su antieuropeísmo. Pese a que Vox tenga profundas diferencias con partidos populistas como el Frente Nacional de Le Pen o la Liga de Salvini, es evidente que su carácter extremadamente nacionalista incomoda al discurso liberal que pretende mantener la formación naranja. Además, un acuerdo de Gobierno a nivel nacional con la extrema derecha pondría en duda la legitimidad de Ciudadanos como partido liberal en el contexto europeo, los cuales han tendido a mantener cordones sanitarios, como es el caso de Emmanuel Macron en Francia, principal referente europeo de Albert Rivera.

Otro factor a tener en cuenta es la imagen frente a su electorado. Si bien es cierto que Ciudadanos nació con el objetivo de estructurarse como una fuerza centrista dentro de un sistema parlamentario multipartidista creciente, la ubicación ideológica de esta formación según el CIS se ha movido 1,5 puntos hacia la derecha en menos de cinco años, llegando a posicionarse cerca del Partido Popular. En consecuencia, la fuerza liderada por Rivera no debería interesarse en mantener esta tendencia pactando con formaciones ultraderechistas.

Por otro lado, el PSOE tampoco debería estar especialmente interesado en acercarse demasiado al espectro ideológico de la izquierda, pero sobre todo en no volver a depender de socios tan inestables como son las fuerzas independentistas. Según todas las encuestas, Pedro Sánchez encabezará la primera fuerza parlamentaria. Podemos inducir que en gran medida su éxito dependerá no solo del voto urbano, sino de forma muy especial de las circunscripciones más pequeñas, dándose así una mayor heterogeneidad de su electorado en comparación con las dos últimas elecciones generales. Esta mayor diversidad de votantes tenderá, no solo a demandar posiciones más centristas, sino a estructurar una gestión del conflicto catalán que no pase por la dependencia directa de fuerzas como ERC o PDeCAT para la gobernabilidad desde el Estado central.

En definitiva, existe un terreno no explorado ubicado esencialmente en la centralidad del espectro político. La ruptura de la polarización puede ser una salida exitosa para ambas formaciones en el largo plazo, no solo por las razones mencionadas, sino porque en sistemas de carácter parlamentario estructurados bajo un multipartidismo, como es el caso del sistema español, la centralidad suele ser una condición imprescindible para tener las puertas abiertas hacia la presidencia del gobierno. Sin embargo, esta alianza entre PSOE y Ciudadanos requiere que ambas fuerzas sumen los escaños suficientes, y muy probablemente descartar a Sánchez como candidato a la investidura, por lo que no deja de ser una alternativa con improbabilidades similares a las otras opciones.